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OBSCENIDAD
Partiendo de algunas manifestaciones artísticas contemporáneas (vinculadas a la obra de y de algunos enfoques provenientes de la teoría posmoderna me gustaría problematizar la noción de pornografía en los performances de Rocío Boliver, más conocida como la "Congelada de Uva". En uno de sus célebres performances, que le dio, en un juego de contigüidades, su nombre artístico, Rocío Boliver se masturbó con una congelada de uva (pornograma con sabor local). El gesto de optar por dicha bebida refrescante en sugerente envase fálico en lugar de una pluma o un pincel y por su vagina en lugar de una hoja de papel o una tela, ha convertido a Boliver en una de las pornógrafas más interesantes y sugerentes del arte actual.
La pornografía convertida en arte o el arte convertido en pornografía, en este juego de reversibilidad la pornografía se excede a sí misma, quizás ahí radique parte de la enorme fascinación que despierta nuestra entrañable "Congelada de Uva", obscenidad a la mexicana: pornogramas que Rocío Boliver escribe sobre su cuerpo, convirtiendo su sexualidad en objeto de una experimentación estética o, más bien, transestética. En un despliege de lo privado en lo público, su cuerpo se transforma en una superficie de inscripción, zonas erógenas cartografiadas, recorridas y penetradas por una infinidad de objetos. La fusión de la escritura y el cuerpo está atravesada por una serie de signos más o menos fálicos, los pornogramas de Boliver son, en buena medida, falogramas, fetiches que sustituyen el pene, pareciera que la referencia, más o menos espectral, a lo masculino no es más que el suplemento para el despliegue de un erotismo femenino avasallante (la vagina dentada exhibida al mejor estilo de los side show freaks). |
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En los performances de Boliver hay algo de freak, weird o guarro (yo preferiría el término bizarro), por ejemplo, Roberto Andrade, ubica uno de los performances de la Congelada de Uva en el quinto lugar de su lista de "Los 15 performances más guarros de la historia":
Otra vez la Congelada de Uva [ya había aparecido el doceavo y octavo puesto]. En un evento de fuga.com realizado en el Museo de la Ciudad de México, la Conge se amarró las piernas tras la nuca y empezó a comer rollitos de sushi que traía en el culo. Eso sí, sin abandonar el ritual de los palitos chinos y la salsa de soya, la cual traía en medio de las tetas.
Como verán, es dificil trazar un límite entre la sexualidad exacerbada y por momentos infantil, el exhibicionismo histérico y las sofisticadas guarradas de la Conge y la esfera de lo que podríamos llamar arte (performance, body art, abject art o algo parecido), la propia Boliver hace gala de su exquisita ironía cuando comenta lo siguiente: "En este momento histórico y en el lugar en que me tocó nacer es mejor ser considerada artista que puta. Esto ha dignificado mi consuetudinario gusto por enseñar mi pepa, mis nalgas y mis chichis y gracias a ello, mi familia, las mamás de los amiguitos de mi hijo de 11 años, las empresas que me han dado trabajo, y público en general me aceptan y hasta me felicitan."
Como Warhol, Boliver quiere convertirse en una máquina, aunque no una machine célibataire, sino todo lo contrario, una máquina hiper-sexual, algo parecido a la "máquina de follar" de Bukowsky, o al "supermacho" de Jarry en su versión femenina (quizás deba decir feminista), ¿será posible pensar en la Congelada de Uva como la "superfeminista" del nuevo milenio (una heroína post-porno-modernista, al estilo de Annie Sprinkle) o como la "superhembra" todavía anclada en la imaginación pornográfica de nuestro pasado porno-moderno. Quizás antes de responder esta pregunta sea necesario dar algunos rodeos que nos conducirán a otras prácticas artísticas que también han producido cierto "emborronamiento" de la línea que demarca la |
escena y la separa de lo obsceno, estas prácticas problematizan la propia noción de marco (parergon) entendido como el margen que podría separar el espacio del arte de su afuera, de su exterioridad.
Desde hace unos cuantos años algunos artistas han intentado ubicarse en este espacio del límite revirtiendo las oposición estructural arte/no arte, escenificando la obscenidad, han intentado representar la exterioridad de lo irrepresentable, un gesto transestético donde la noción de obscenidad parece acercarse a la de lo sublime, ambas nociones aluden al intento de representar lo irrepresentable, escenificar lo que está fuera de escena (lo obsceno), disolver el límite, como dirá Linda Kauffman, entre el onstage y el offstage.
Desde esta escenificación de lo obsceno, podríamos trazar líneas de continuidad con las reflexiones vertidas en "En cueros me verás", un texto bastante reciente de Rocío Boliver, publicado en la revista Generación en el 2001, que puede leerse como un Manifiesto del encueramiento, una especie de apuesta por una estética del desocultamiento, de una desnudez que no tiene nada que ver con el desnudo clásico, sino más bien, con cierta debilidad de la carne (en el mejor sentido de la palabra), más allá de cualquier coartada teórica:
"No tengo ni puta idea qué es eso de pudor, recato o inhibición.
A mí me requetencanta estar encuerada y ¡qué coños!
Y para coños el mío, que le encanta aparecer en primer plano a la mínima provocación o sin provocación, pues ni falta que hace.
Enseño mi cola a quiénes quieran y a los que no, se chingan porque también ven, si ya los caché. Si sí quieren varios. Las varias, pocas, se apenan o más seguro, se emputan.
Yo feliz vivo ensartada en mi lema: "DEJA TE ENSEÑO".
"Ensartada en mi lema", un buen pornograma, Barthes estaría conmovido. En los performances de la Conge el sexo se transforma en espectáculo, pero un espectáculo que no se articula en la separación y la lejanía sino, en cambio, en la inmediatez y la contigüidad de la mirada con lo mirado.
Esta estrategia modificará el régimen de visibilidad de lo espectacular articulado en función de la distancia escénica, la "proximidad" experimentada en los performances de Boliver sugiere la entrada a un universo post-espectacular, donde la "separación perfecta" que, según Debord, funda lo espectacular, se convierte en cosa del pasado.
Parafraseando a McLuhan, podríamos decir que el sexo es el mensaje y, también, el masaje, es decir, lo sexual aparece ante nuestra vista transgrediendo el espacio de la puesta en escena, de lo escópicamente correcto en términos de lugar y de distancia, un coño "que le encanta aparecer en primer plano" está demasiado cerca para convertirse en un objeto de contemplación estética. De alguna forma, el lema "DEJA TE ENSEÑO" instaura un nuevo régimen de visibilidad, un nuevo capítulo, en el performance mexicano, de la historia de la mirada.
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El lema de Boliver tiene un parecido de familia con el estilo de Natacha Merritt, sus imágenes fotográficas, que conforman los Digital Diaries, son enmarcadas por Eric Kroll con el siguiente pornograma: "INMYFACE", es decir, "ENMICARA", de nuevo, el topos de la proximidad vuelve a aparecer y, por cierto, escrito en mayúsculas, como "DEJA TE ENSEÑO", en una divertida coincidencia, las mayúsculas parecen acercanos pornogramáticamente al cuerpo de la letra (o a la letra en el cuerpo).
"Mis necesidades fotográficas y mis necesidades sexuales son la misma cosa", nos confesará Merritt en sus diarios digitales, indistinción entre la vida (sexual) y el arte, entre el mundo y sus imágenes, entre lo privado y lo público, reversibilidad, devenir de uno en el otro. Un juego transestético donde las imágenes pornográficas exceden su finalidad, en lugar de despersonalizar u objetivar a Merritt se convierten, en cambio, en algo parecido a las entradas de un diario íntimo, conforman una especie de tecnología del yo, de hermenéutica de la subjetividad de la artista o, como diría Kroll, las fotografías de Merritt (en su mayoría pornoautoretratos), tienen como objetivo la auto-exploración, vinculada a la sensibilidad digital del nuevo milenio. "Mi vida se ha convertido en un montón de fotos digitales en oposición a un montón de pensamientos escritos." Quizás se esté prefigurando una
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nueva hermenéutica de la subjetividad, una tecnología del yo digital, una tecnología posletrada, más allá de la galaxia Guttenberg.
Otra faceta de la pornografía hipertélica: una porno-tecnología del yo. No es de extrañarse que en un mundo convertido en unos y ceros, se de un conacimiento de la imagen y del sexo. Todavía un paso más allá, precesión de la imagen sobre el sexo, el sexo está en todos lados excepto en el sexo, en el caso de Merrit, el sexo se convierte en montón de imágenes digitales. "Mi obra precede mi vida amorosa. Mi obra documenta mi vida sexual. Entonces trabajo sobre mi vida sexual como un medio para crear las imágenes que quiero."
Esta indistinticón transestética entre vida sexual y obra artística parece ser otro tema recurrente en la obra de Boliver. Un ejemplo, en marzo de este año, en el Museo José Luis Cuevas, con motivo de la presentación del número 48 de la revista Generación... y de la celebración de su decimoquinto aniversario, Rocío Boliver leyó uno de los relatos que aparece en su libro Saber es coger. Obviamente, como nos tiene acostumbrados la Congelada de Uva, su presentación se convirtió en todo un performance. Antes de dar inicio a la lectura de "Más vale plátano en mano que siento bonito", la Conge procedió a desnudarse de la cintura para abajo, sentarse sobre la mesa e introducir un plátano tabasco, enfundado en un condón, en su vagina.
Luego de leer el relato erótico, cuya trama gira en torno a un plátano, una masturbación y el destino gastronómico del comestible dildo improvisado, la congelada retiró el plátano de su vagina, lo despojó de su condón y de su cáscara, le dio una mordida e invitó al público a probarlo. En fin, creo que resulta bastante claro que el sentido de todo esto fue producir una suerte de indistinción, de solapamiento, entre el sexo y la escritura, una especie de pornograma donde la escritura se fusiona con el cuerpo (esta fusión no nos remite únicamente al orden de lo narrativo sino también al espacio de lo corporal), la Conge leyendo una historia y realizándola, al mismo tiempo, frente a nuestros ojos.
Lo erótico del relato, su carácter alusivo, desaparece en la literalidad de su puesta en escena, si es que todavía podemos hablar de una "puesta en escena", recordemos a Kaufman, parece que nos enfrentamos al offstage convertido en onstage, del gesto pornográfico ligado a lo reprimido y a su transgresión llegamos a una suerte de porno-histeria/porno-historia, una representación de lo hiper-sexual, más allá del juego de transgresiones en el universo de la represión.
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